jueves, marzo 23, 2006

De nada

por El Cortés

Fui yo. El informe oficial entregado por el Cuerpo de Bomberos, señaló que el causante fue un desperfecto técnico, un recalentamiento de la red eléctrica. No es verdad. El causante he sido yo, y lo hice deliberadamente. Y nadie, salvo alguna compañía de seguros, podría sospechar de humana autoría en este incendio. No, al menos, hasta que el fuego vuelva a apoderarse de esa horrorosidad, esta vez del ala poniente y su inmunda torre, acabando para siempre con el mayor de los crímenes cometidos contra la ciudad. Ni veinte compañías de bomberos podrán privarme de la victoria.

Luego, cierto es, comenzarán las sospechas. Acaso deje algún indicio, alguna insinuación de obra humana. Porque no soy un profesional del terrorismo, entrenado quien sabe donde. Soy tan sólo un idealista que ha tenido el coraje de serlo hasta donde se pueda. Quizás, por eso logre evadirme, al menos por algún tiempo más. Vendrán las llamadas y las miradas escudriñadoras, vendrán los testigos falsos y los que no lo son, ¡Puede incluso que fotografíen el placer de mis ojos al pasearse por el corrupto cadáver! Pero no podrán inculparme de nada. Nadie atribuirá a mis actos motivos tan altos como los que me impulsan.

Debía ser el primero. Le seguirán el Apumanque, el Mall del Deporte y el Congreso de Valparaíso. Y correrá idéntica suerte lo que queda de la Portada de Vitacura, si las autoridades no han tenido para ese entonces la decencia y la cordura de echarla por el suelo. Pero él debía ser el primero. Porque era la más grotesca y repugnante de las deformidades que haya diseñado arquitecto alguno. Incluso ahora, que la enorme bestia yace a medio morir, exhibiendo en la Alameda sus entrañas espantosas, ¡Incluso ahora que no es más que ruina y hierro fundido!, sí, incluso ahora, se muestra menos horrendo que en sus días de esplendor.

Habrá sido como un dedo acusador, señalando a miles el destino. En cada casa habrá quien comprenda que, lo que la televisión se empecina en mostrar como una nueva amenaza, no es sino el cumplirse de una eterna sentencia de muerte, dictada por Dios contra la profunda fealdad que asola nuestra tierra.

Entonces, vendrán otros. Quizás, en un comienzo, no demasiados. Un buen día, por ejemplo, un camionero borracho y justiciero, cargando consigo una gigantesca carga de combustible y a toda velocidad, se estrellará glorioso contra la Torre Entel, provocando su caída majestuosa, similar al venirse abajo de una escoba vieja. Los muertos se contarán por miles y los diarios llorarán la tragedia. Pero en algún lugar de Santiago, grupos vandálicos, inspirados por tan singular muestra de heroísmo, comenzarán la no menos noble labor de arrancar para siempre, los mosaicos que adornan las estaciones del Metro.

Y cuando las Torres de Tajamar hayan volado en pedazos y los vecinos de Providencia hayan arado sobre la embajada de los Estados Unidos, ¡Cuando no queden restos de la última repugnancia construida en el campus San Joaquín! Entonces saldremos a las calles y a las poblaciones, y no habrá ya zinc, ni árboles mutilados como muñones, ni fachadas de horrible verde agua. No habrá mangueras color naranja amarrando fierros oxidados, y tampoco nudos de cables eléctricos, como sacrílegos barrocos ornamentando nuestros cielos. Arrancaremos de raíz las palmeras de las avenidas y en las plazas ajusticiaremos a los mutiladores de troncos, que colgarán putrefactos de las ramas de sus propias víctimas, junto a todos los arquitectos hallados culpables de crímenes contra la belleza.

Nadie nos detendrá. ¡Arderá en llamas media Antofagasta y no quedará recuerdo de Calama sobre la tierra! ¡Caerán San Pablo, Tampa y Ciudad de México! Los turistas visitarán las ruinas de El Cairo a los pies de las pirámides. Sabrán todos que fueron ciudades pecadoras, por la ira de Dios reducidas a la nada. ¡Sabrán que una justicia ancestral redimió al mundo de la fealdad profunda que lo asolaba!… Desde la oscuridad de los siglos, soy yo quien les responde: de nada.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Mis más sinceros agradecimientos y los de mis hijos que algún día vendrán. Desde su colosal hazaña mis días han mejorado y sobretodo “santiago” ha “mejorado”.
Los planes reguladores no pudieron, Ud. si.
El OGUC (ordenanza general de urbanismo y construcción) no fue capaz…..Ud sí.
Por eso gritare a los 4 vientos, y agradeceré lo sucedido.

marzo 28, 2006 12:47 a. m.  

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