por La Presidencia
Al final lo único que uno como persona pide es decencia. Sí, lo admito. Después de reconocer sin tapujos mi más completo estado de embriaguez me dirigí a su encuentro. Efluvios volaron de mi inconsciente mientras la lengua del pensamiento enclaustrado, siempre tan voraz y superflua a la vez, cometía las peores atrocidades que la historia haya conocido.
El cuadro transpira patetismo, su postura es brutalmente estúpida, como si de un instante a otro se le hubiese olvidado como pararse.
El acto que desató la tragedia fue aquel movimiento trasgresor, heroico, que rebelde a los impulsos racionales desafió el frágil contrato de convivencia humana que se había establecido. Los actos desde ese segundo se aceleraron para siempre, la calma frívola del cinismo mutuo se rompió y degeneró en una tensión eléctrica que radicalizó las sensaciones.
Siempre supe que no iba a resultar nada que involucrara sentimientos. Sus impulsos son animales y de su cuerpo emanan aromas alcohólicos. La historia de la humanidad se repite con esta mujer.
Hay minutos en la vida en que uno no mide consecuencias. Este representaba la ecuación perfecta entre un contexto anónimo y un estado de ánimo febril y ansioso. Los resultados eran evidentes desde el minuto de iniciarse el primer acto. Su mano se apartó de mi cabeza y con un gesto despectivo, me dijo adiós…
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