martes, abril 11, 2006

Proxémica

Por El Cortés

Detesto esa ínfima distancia que mantienen ciertas personas, entre boca y boca, cuando le hablan a uno. Es un odio común, generalizado, un aborrecimiento de muchos contra muchos. Gracias a Dios, somos mayoría aquellos que, decorosamente, custodiamos la exclusividad de nuestro metro cuadrado, garantizando así las normas mínimas de civismo y recato que hacen posible el acontecer social. De esta manera, confiados en nuestra superioridad numérica, bajamos la guardia y vivimos tranquilos, descansando en la idea de la que generalidad de nuestras conversaciones se entablarán siempre desde una encantadora lejanía.
Pero, aquellos que gustan de la inmediación de las narices, andan siempre rondado los círculos de conversación, y sin que apenas alcancen las víctimas a darse cuenta, se plantan fortuitamente a uno enfrente, mientras comienzan con sus monólogos eternos. Son gente apasionada, de ojos saltones y molestos timbres de voz, a veces chillonas, nasales o engoladas. Con frecuencia apuntan con las manos o emiten onomatopeyas y risas guturales. La gente afirma de ellos que tienen necesidad de cariño, que desean ser escuchados…
Y uno, que feliz criticaba el debate de las primarias o daba oídos a las andanzas de fulano de tal el viernes por noche, se ve de pronto excluido de tan agradable conversación, para terminar respondiendo con monosílabos a un atropellamiento de exclamaciones acerca del último episodio de la guerra de las galaxias o las habilidades de sus mascotas.
Desde ya, va quedando claro que cualquier intento de evasión será inútil, que no hay poder humano capaz de contener tan efusiva arremetida. Las victimas comienzan a sentir una presencia humana que las invade, una presencia que, digámoslo con todas sus letras, se traduce en un tufo que choca contra sus caras espantadas. Sin embargo, no es necesario que esta “humana calidez” consista en una niebla hedionda, porque hasta las bocas más limpias expelen un vaho tibio que, exhalado frente a nuestras narices, es suficiente para exasperarnos.
Mas, si aquel aliento, además, apesta, si nuestro dialogante muestra al hablar su boca infesta o unos dientes putrefactos, aquella exasperación de la que hablábamos no tardará en convertirse en un terror orgánico, que se irá apoderando lentamente de nuestra persona.
Es en ese preciso momento, en que uno se encuentra ya completamente descompuesto, que concluimos que hay odios que se justifican; en que se desea que esta gente no exista, o que al menos, se junten solo entre ellos, juntos, muy juntos.